No tengo ninguna duda de que la época más feliz de mi vida fue mi niñez, incluyendo esta los días de colegial. Junto a mi familia, a la belleza de mi tierra que se ve y se siente, palpitan en mi los recuerdos más maravillosos del tiempo en que empecé a descubrir el mundo, en que coseché la más cálida, sincera y generosa amistad, los años sin cuyo recuerdo no tendría referente, no sería el que soy, me refiero a los años que pasé en el Colegio.
Los primeros los cursé en el 701, allí en la sombra fatal de la ignorancia –como dice su himno- mordí el anzuelo de la luz y del saber, hasta llegar a las aulas del Manco II donde además de nutrirme de conocimientos comprendí de la importancia de los valores y las virtudes. Allí se acrecentó mi amor a la patria, a mi tierra convenciana, a Quillabamba; allí se impregnó en mí la huella del espíritu amical que compartimos, de los conceptos de mis mejores maestros como también de los logros deportivos y de los primeros chispazos de platónicos amores.
En el Manco II, el ambiente siempre de amistad y camaradería nos hacía cómplices de innumerables aventuras que hoy descansan inmarcesibles en el recuerdo. Palabras y hechos que son los pilares fundamentales de nuestras experiencias, que brotan en abundancia de nuestra memoria, que agolpan en el recuerdo provocando irremediablemente una reflexión, un gesto, una sonrisa o incluso una risa sin riendas.
Con nostalgia vienen a mi mente valiosas enseñanzas de maestros que se ganaron mi simpatía y mi respeto, mas una sonrisa cubre mi rostro cuando vuelvo a revivir gratos, divertidos e inolvidables hechos anecdóticos. Tal vez no debería mencionar a ninguno de mis maestros por el temor de olvidar a alguno en la lejanía del tiempo, pero prefiero hacerlo, decir sus nombres como homenaje a todos y, por que no, permitirme pronunciar con cariño el apodo con que los nombrábamos con juvenil insolencia. Alfredo Jiménez, Max del Pozo, “Sofocleto” Rafael Ponce de León, “Loco Maní” Edgardo Silva, Yayo Arenas, “Piolín” Arturo Vera, Julio Valer, Augusto de la Vega Muñoz, Efraín Molero, “Teacher” Trejo, “Chapchi” Hermoza fueron algunos de mis maestros. Homenaje a ellos, por que con ellos aprendimos mucho, por que de ellos fuimos contagiados en el profundo amor por el colegio y juntos caminamos a través de ese breve pero hermoso sendero de la vida.
Estudiar era mi misión, aunque para ser sincero, jugar también ocupaba mi tiempo. Nada como ir al río, a la piscina, o la práctica de algún deporte. No había televisión afortunadamente, por lo que el deporte era de todos los días. La temporada indicaba si era fútbol, fulbito, básquet o voley para lo cual nos organizábamos en el colegio, al igual que para alentar a nuestro equipo de fútbol, al campeón Manco II.
Han pasado casi treinta años desde que egresé del colegio y confieso que cada vez que vuelvo a verlo, que visito sus aulas, su amplio patio, me siento conmovido y a la luz de sus 50 años de existencia con entusiasmo me dispongo a ir al reencuentro manqueño, cargado de emoción, para a envolverme en un abrazo de festivo azul. Allá voy, con la inevitable reflexión sobre su trascendencia en la ubérrima provincia de La Convención, con el pensamiento puesto en el rol transformador de mi colegio que sin duda contribuye con el desarrollo económico y social de nuestro pueblo, forjando generaciones de jóvenes que se forman como ciudadanos, como hombres de bien, allá voy con la reafirmación de mi compromiso por el engrandecimiento de su nombre, inolvidable Manco II.
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